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EL PROYECTO GRAN SIMIO, Y MÁS ALLÁ

¿Porqué el Proyecto?

Aristóteles llama a los esclavos humanos 'propiedad animada'. Es una expresión que describe con exactitud la condición en la que actualmente mantenemos a los animales no humanos. La esclavitud humana presenta en consecuencia un paralelismo esclarecedor con esa situación. Vamos a examinar este paralelismo con el fin de aislar una respuesta del pasado a la esclavitud humana que pueda sugerir un adecuado modo de responder a la esclavitud animal de nuestros días.

No hace mucho, establecer un paralelismo semejante se habría considerado ultrajante. Sin embargo, últimamente ha ido creciendo el reconocimiento de que una ética válida debe estar libre de prejuicios o de arbitraria discriminación a favor de nuestra propia especie. Este reconocimiento hace posible una apreciación más imparcial de las prácticas explotadoras que caracterizan nuestra civilización.

La esclavitud en el mundo antiguo ha sido objeto de vivos debates entre los historiadores. ¿Cómo surgió este debate? ¿Por qué se dio por concluido? ¿Hubo un 'modo de producción esclavista' característico? No necesitamos entrar en todas estas disputas. Vamos a centrarnos, en su lugar, en el elemento diferencial de la esclavitud: el hecho de que el ser humano se convierta en propiedad en el estricto sentido del término. En la lengua inglesa se utiliza a veces el concepto de chattel slavery (que se refiere a la condición de 'bienes muebles' atribuida a los esclavos), término que resalta el paralelismo entre la institución de la esclavitud humana y la propiedad de animales, puesto que el término cattle (ganado)  deriva de chattel.

Son sociedades esclavistas aquellas en las que la condición de propiedad  (de bienes muebles) de los esclavos constituye una importante característica. Son relativamente raras en la historia humana. Los ejemplos más conocidos se dieron en el mundo antiguo y en la América del Norte y Central tras la colonización europea.

Vamos a centrarnos en la esclavitud en la Grecia clásica y en Italia, porque en un cierto sentido la perspectiva de aquel período es más cercana a la nuestra. En los tiempos antiguos, la idea de que  unos seres humanos debían estar sometidos de manera absoluta a otros se consideraba algo tan natural que virtualmente  nadie la cuestionaba. A este respecto, la esclavitud de la época clásica difiere de la institución esclavista que, en época más reciente, se dio en América y que fue criticada desde el principio. Es cierto que Aristóteles hace referencia a algunos que se oponen a la esclavitud, pero fue tan débil la huella que dejaron que resulta difícil incluso saber quiénes fueron, y los raros acentos críticos que hallamos en el dilatado período de muchos siglos, ya se trate de los sofistas, de los estoicos o de los cínicos, son ambiguos o incoherentes. Se limitan a afirmar, en abstracto, que nadie ha nacido esclavo, o a interpretar la esclavitud como "estado del alma". En la práctica, la esclavitud gozaba de una aceptación tan amplia y lo impregnaba todo de tal manera que ha llegado a decirse que "no hubo acción, creencia, ni institución en la antigüedad greco-romana que, de un modo y otro, no se viera afectada por la posibilidad de que alguien de los que intervenían fuese un esclavo". Existe aquí un evidente paralelismo con el modo en que la mayoría de la gente sigue considerando natural la sujeción absoluta de los animales a los seres humanos.

¿Qué significaba para los seres humanos, en la Atenas o la Roma clásicas, ser un bien propiedad de otro? No cabe duda de que, en gran medida, esto dependía de las circunstancias en las que vivía el esclavo, pero es posible hacer algunas generalizaciones. Los esclavos no ocupaban ningún lugar definido en la escala social ni en la economía. Los bienes muebles llamados esclavos podían ser campesinos, mineros, tutores, pastores, amas de cría o artesanos. Podían vivir dos o tres de ellos con un pequeño agricultor o formar parte de grandes brigadas propiedad del Estado, o de un gran terrateniente. Podían también compartir la vida urbana de una familia aristocrática a cuyo servicio estuvieran. Debido a estas diferencias, existen también grandes diferencias de opinión entre los historiadores acerca de la medida en que el papel del esclavo era un papel miserable. Los hay que han insistido en la espantosa situación de los esclavos que trabajaban en las minas de plata griegas de Laurión, de donde escaparon no menos de veinte mil durante las guerras del Peloponeso. También era muy duro el trato que recibían las cuadrillas que trabajaban encadenadas en los cultivos de las inmensas fincas de Sicilia, donde, a lo largo del siglo II a. C., la rebelión era endémica. Otros estudiosos, más inclinados a defender la reputación de la civilización clásica, señalan en cambio los lazos de afecto que podían unir a los esclavos de una familia con su amo. Pruebas de este afecto se encuentran en una serie de inscripciones funerarias y en muchas historias que narran la lealtad y el afecto de los esclavos.

Estas disputas, y el amplio margen de posibilidades que ponen de manifiesto, hacen difícil comprender cuál era realmente la situación del esclavo. Pero si miramos lo que hay detrás de la variedad de formas externas, encontramos un elemento estable: la situación de impotencia. El trato que recibe el esclavo depende exclusivamente del amo. En su calidad de bienes muebles, los esclavos han perdido el control sobre sí mismos. Y en la raíz del poder que el amo ejerce sobre el esclavo se encuentra el hecho de que éste no es reconocido por la comunidad. El estatuto del esclavo se caracteriza por lo que el esclavo no es: los esclavos no son libres; no pueden decidir cómo usar su propia fuerza de trabajo; no pueden tener propiedades; por lo general no pueden testificar ante los tribunales y cuando lo hacen suele ser bajo sometimiento a tortura; ni siquiera su familia es suya, y aunque en la práctica puedan reconocerse los lazos familiares, los esclavos no tienen derechos en cuanto padres, y sus hijos pertenecen al amo. , Se los compra y se los vende como si fueran objetos, están sujetos a los castigos corporales y a ala explotación sexual, y quedan al margen del reino moral que protege a la comunidad clásica.

Todo esto viene a confirmar el paralelismo que proponíamos al principio. Como en el caso de los esclavos de los tiempos antiguos, también el trato que hoy en día se da a los animales varía: desde el cuidado afectuoso del "propietario de un animal de compañía" hasta la nuda explotación del propietario de una granja industrializada, al que sólo le preocupa sacar el máximo beneficio. Pero, nuevamente la amenaza que se cierne sobre ellos consiste en haber sufrido una pérdida total del control sobre su propia vida. Las diferencias de intereses y facultades de los esclavos humanos y animales, no afectan a la fundamental identidad de su condición social, al igual que los esclavos, considerados bienes muebles, los animales están fuera del reino moral que  protege a la comunidad moderna.

La acción política a favor de los animales se centra hoy en la abolición de prácticas tales como las corridas de toros o las gallinas enjauladas en batería, o también en cambiar las formas del trato, como por ejemplo sustituir el marcado a fuego de las reses por una manera menos dolorosa de identificación, o  utilizar anestesia local cuando se ejecutan operaciones mutiladoras, tal como la castración o el descolado de cerdos, bovinos u ovinos. Una mirada a la historia de la esclavitud muestra que esta forma de enfoque no tenía sino un impacto marginal. Las luchas de gladiadores fueron abolidas, pero esto no influyó en la situación general de los esclavos. Tampoco, en lo fundamental, cambiaron esta situación las normas, sin duda deseables, con que se reglamentaron las formas de maltrato más escandalosas, como las señales grabadas a fuego en el rostro o la castración.

Sin embargo, los esclavos tenían un recurso que los animales no poseen: podían rebelarse. Puede antojarse una importante diferencia, pero la eficacia de la rebelión era escasa. Aun cuando el debate en torno a las razones que pusieron fin a la esclavitud clásica es vivo y no se ha llegado aún a una solución, ningún estudioso considera que las rebeliones de esclavos contribuyeran de manera significativa a terminar con la esclavitud. Las explicaciones ofrecidas varían: puede darse preeminencia a las causas económicas, políticas, religiosas o sociológicas, pero por lo que hace a las rebeliones de esclavos, los miles de cruces que bordearon la calzada de Capua a Roma tras la derrota de Espartaco son todavía un símbolo del final que tuvieron este tipo de acontecimientos.  Por otra parte, los escasos ejemplos de rebeliones que tuvieron éxito durante breve tiempo no hicieron sino confirmar la exclusión de la comunidad que sufrían los esclavos, pues dejaban tras de sí bandas de forajidos que sobrevivían en las márgenes de las zonas habitadas, más o menos como hacen en el mundo moderno los animales salvajes.

No existía en la antigüedad más que un modo de salir de la tierra de nadie del esclavo: la manumisión. Este término, que literalmente significa lazar o soltar de la mano de uno, expresa de vívida manera el sentido de abandonar el control sobre una cosa. Era, una vez más, acto unilateral del amo. Dejando su dominio mediante un acto que podía tener carácter religioso o civil, formal o informal, es amo sancionaba, para el esclavo o la esclava, el final de su condición de propiedad, y el comienzo de una forma de reconocimiento dentro de la comunidad moral. En la Roma republicana, el cambio fue todavía más radical: junto con la libertad, el esclavo recibía la ciudadanía, pasando de golpe desde la condición de marginado absoluto a la de miembro pleno del grupo dominante.

Una objeción que se ha elevado con frecuencia frente a la idea de la liberación animal es que los animales no pueden luchar para defender sus propios intereses. Sólo pueden ser liberados por otros. Sin embargo, también a este respecto se mantiene en la práctica el paralelismo con la esclavitud antigua, ya que las rebeliones de los esclavos tuvieron tan escasa incidencia en las instituciones en u conjunto. Además, del mismo modo que la manumisión era la única salida para los esclavos, también parece ser el tipo de respuesta que los animales necesitan. No sólo aborda directamente la cuestión de su estatuto: constituye asimismo un instrumento bien conocido y de larga tradición para otorgar la libertad a quienes no pueden conquistarla por sí mismos. Aplicada a los animales, tiene la manumisión por añadidura otra ventaja más: aunque no pueda aplicarse a todos los animales a la vez (por razones prácticas, y también por tratarse de una medida reformista por naturaleza), puede crear un precedente. En cuanto instrumento de intervención sistemática, cada vez que se use, su aplicación nos invitará a considerar su posible uso en otra situación.

Quedan algunos problemas. Aun cuando se aplicara a grandes grupos de esclavos, la liberación de cada esclavo era, desde el punto de vista legal, un hecho individual. En cambio, lo que parece necesitarse para los animales es un otorgamiento distinto, más simbólico, de la libertad y de status moral. ¿Ocurrió esto alguna vez en la antigüedad greco-romana? Existe por lo menos un ejemplo de ello, aunque no se refiere a la esclavitud en cuanto institución que considera a los esclavos bienes muebles, sino a una institución diferente a la que a veces se denomina "servidumbre colectiva". El mejor ejemplo es el de los ilotas espartanos. Tanto los orígenes como los detalles de la condición de ilotas son algo obscuros y no han dejado aún de ser objeto de discusión, pero parecen éstos haber constituido la clase de productores cuya explotación servía de base a la sociedad espartana, altamente jerarquizada. Se utilizaba a los ilotas principalmente en la agricultura, por lo que vivían normalmente aparte del grupo dominante y se les permitía mantener una cierta vida familiar y comunitaria. No obstante, su situación  no era mucho mejor que la de los esclavos considerados como bienes muebles. (Baste observar que su sometimiento se reafirmaba todos los años mediante actos rituales que sólo diferían de la actual caza deportiva sobre todo por el hecho de que las piezas perseguidas eran humanas).

Dado que los ilotas vivían juntos, resultaban más peligrosos para sus amos, y muchas rebeliones ilotas conmovieron los cimientos de la sociedad espartana. Sin embargo, en 369 a.C., en el curso de una guerra entre Esparta y Tebas, aconteció algo excepcional: tras derrotar a los espartanos en Leuctra, Epaminondas, que encabezaba las fuerzas tebanas, manumitió en bloque a los ilotas de Mesenia. Este acto permitió el renacimiento de todo un pueblo, con el rápido retorno de la diáspora, dispersa por todo el Mediterráneo griego, y tuvo también el efecto de transformar la antigua estructura social en la que se había basado Esparta. En manos de los tebanos victoriosos, la manumisión colectiva se había convertido en un instrumento político de transcendentales consecuencias.

El impacto que podría tener la primera manumisión de seres no humanos tendría unas consecuencias mucho mayores. Pero otro tanto cabe decir de las dificultades con las que tropieza. Para poder apreciarlo, baste recordar que, en los 2.300 años transcurridos desde el gesto de Epaminondas, han persistido las formas de esclavitud humana por todo el mundo. Alcanzaron su punto álgido en las sociedades esclavistas del Nuevo Mundo, y sólo en fecha tan reciente como el año 1962 se puso fin oficialmente a la esclavitud en la península Arábiga. Si ha llevado todo ese tiempo convertir en realidad la idea de que ningún miembro de nuestra especie puede ser objeto de propiedad, otorgar libertad e igualdad a miembros de una especie distinta de la nuestra se antojará ardua e improbable empresa.

De acuerdo en que este empeño de extender la comunidad moral más allá de los límites de la especie tiene de su lado el poder del desafío racional que, a partir de la Ilustración, si no antes, ha proporcionado las bases teóricas para tantas luchas por la justicia y ha minado todos los intentos de justificación que se han erigido en defensa de la exclusión de algunos seres humanos de la comunidad moral. En rigor, la necesidad de empujar la postura igualitaria más allá de las fronteras de la humana especie parece formar parte estructural del sueño de una racionalidad universal que animó al Siglo de las Luces. Pero no basta con esto para asegurar su éxito. La historia de otros movimientos sociales muestra que necesitamos una estrategia consciente para alcanzar lo que Darwin denominaba "la gradual iluminación de la mente de los hombres". Para quienes aspira al cambio, es de vital importancia que comprendan el marco en el que hay que actuar, y que aprovechen las contradicciones existentes en las posturas de los oponentes.

¿POR QUÉ LOS GRANDES SIMIOS?

Una sólida barrera sirve para mantener a los no humanos fuera del reino moral que protege a nuestra comunidad. En virtud de esta barrera, según la influyente opinión de santo Tomás de Aquino, "no está mal que el hombre los utilice, dándoles muerte o de cualquier otro modo". ¿Presenta esta barrera algún punto débil sobre el que podamos concentrar nuestros esfuerzos? ¿Existe alguna zona sombreada en la que empiezan a desvanecerse las certezas del chovinismo humano y donde una incómoda ambivalencia hace políticamente viable el recurso a una manumisión animal colectiva? Tal como muestran los filósofos, zoólogos, etólogos, antropólogos, juristas psicólogos, pedagogos y otros especialistas que han optado por apoyar este proyecto, existe esa zona sombreada. Es la esfera que incluye a las ramas más cercanas de nuestro árbol evolutivo. En el caso de los grandes simios: el chimpancé, el gorila y el orangután, algunos conceptos que se han utilizado para restringir la igualdad y otros privilegios morales a los seres humanos, en vez de hacerlos extensivos a todas las criaturas sensibles, pueden tener un segundo filo. Cuando se pide para nuestros compañeros los simios la emancipación radical, los mismos argumentos que suelen ofrecerse para defender el estatuto moral especial de los seres humanos frente a los animales no humanos -argumentos que se basan en los vínculos biológicos o, lo que todavía es más significativo, en la posesión de algunas características o facultades específicas- pueden volverse contra el statu quo.

También desde otra perspectiva, chimpancés, gorilas y orangutanes ocupa una especial posición. La aparición de simios capaces de comunicarse en un lenguaje humano representa un viaje crucial en las relaciones humano-animales. Es cierto que ni Washoe, ni Loulis, Koko, Michael o Chantek, ni todos sus demás congéneres, pueden demandar directamente su emancipación general, aunque pueden pedir que se les saque de las jaulas en las que están encerrados -como de hecho hizo una vez Washoe-, pero son capaces de transmitirnos, con mayor detalle de lo que ningún animal no humano lo había hecho hasta ahora, una visión no humana del mundo. Este punto de vista ya no puede ignorarse. Sus portadores se han convertido sin quererlo en una vanguardia no sólo para su propia especie, sino para todos los animales no humanos.

Puede decirse, no obstante, que, al centrar nuestra atención en seres de tan ricas dotes como los grandes simios, estamos estableciendo una norma demasiado alta para admisión en la comunidad de los iguales, y al hacerlo así podríamos estar impidiendo, o al menos dificultando, todo ulterior progreso respecto a los animales con unas facultades menos parecidas a las nuestras. Ahora bien, no hay norma que pueda establecerse para siempre. "La noción de igualdad es un instrumento que permite rectificar injusticias... Tal como resulta muchas veces necesario para las reformas, funciona a una escala limitada". Los reformadores sólo pueden partir de una situación dada y trabajar desde ella. Una vez que han conseguido algunos avances, su siguiente punto de partida estará un poco más adelante, y cuando consiguen tener fuerza suficiente, pueden ejercer presión desde ese punto.

¿Cómo podemos defender la inclusión o la exclusión de especies enteras, cuando todo el enfoque de la ética que pide la liberación de los animales ha consistido en negar la validez de las fronteras entre las especies, y en resaltar la coincidencia de características entre miembros de nuestra propia especie y miembros de otras? ¿No hemos dicho siempre que los límites interespecíficos son una distinción que carece de sentido moral y que se basa en meros datos biológicos? ¿No corremos peligro de volver a caer en una nueva forma de especismo?

Es un problema que tiene que ver con fronteras, y las fronteras están vinculadas a la figura colectiva de la manumisión propuesta. ¿Qué cabe decir, así pues, a favor de una manumisión colectiva, aparte del reconocimiento de su evidente valor simbólico? Entendemos que, una vez más, la historia puede servirnos de orientación. Ya ha quedado claro que, en la antigüedad clásica, aun cuando la emancipación colectiva de los ilotas de Mesenia tuvo como consecuencia espectaculares cambios sociales, la manumisión aleatoria de esclavos humanos a título individual jamás condujo a progreso social notable alguno. Incluso en tiempos más recientes, cuando un designio político consciente no sólo era viable, sino que se trató de llevarlo realmente a la práctica -por ejemplo, en las primeras etapas de la lucha antiesclavista en los Estados Unidos del siglo XIX-, la liberación de un esclavo, o incluso la de todos los esclavos de una plantación perteneciente a un amo ilustrado,  en muy poco favorecía al bando antiesclavista en su conjunto. Puesto que la admisión global de los animales no humanos en la comunidad de los iguales parece imposible por el momento, una de las maneras de evitar un fracaso paralelo es centrarse en la especie como colectividad, y optar por unos límites rígidos  (por lo demás cuestionables). 

No podemos por último ignorar las dudas sobre la viabilidad práctica del proyecto, ni las concretas implicaciones de admitir a los chimpancés, los gorilas y los orangutanes en la comunidad de los iguales. Es probable que surjan nuevos problemas, pero no serán insuperables, y conforme vayamos superándolos uno a uno, conseguiremos que se ponga de manifiesto la naturaleza espuria de los obstáculos que se alegan para superar las barreras entre las especies. Es un hecho que han surgido también dificultades en situaciones similares que afectaban a seres humanos, pero ésta no es razón para abandonar el plan de la emancipación general. No es preciso recordar a los lectores que la liberación de los esclavos norteamericanos tras la guerra civil no bastó para que se alcanzara la igualdad de derechos civiles para ellos. En vez de ello, surgió un nuevo conjunto de obstáculos contra la igualdad, algunos de los cuales sólo pudieron superarse gracias al movimiento en pro de los derechos civiles que se desarrolló en la década de 1960, mientras que otros siguen siendo un problema todavía hoy.

En particular, respecto a la idea de devolver a los orangutanes, gorilas y chimpancés a sus tierras de origen, podemos señalar incluso un concreto antecedente histórico: la creación en África del Estado de Liberia, que el movimiento de colonización norteamericano soñó que podía convertirse en nueva patria para los seres humanos a los que otros miembros de su propia especie había esclavizado y transportado a través del océano. El hecho de que siga existiendo una nación independiente llamada Liberia muestra que el proyecto era viable, y que si ha habido cosas que han marchado mal, han estado relacionadas  -lo que resulta sobradamente significativo- con problemas típicamente humanos: la discriminación contra los habitantes nativos de la zona que los inmigrantes no tardaron en practicar.

No cabe duda de que, con respecto a los seres no humanos, pueden señalarse otros problemas más. No podrán éstos participar en la estructura política de la comunidad. A diferencia de los descendientes de los esclavos americanos, no podrán levantarse en defensa de sus propios derechos, ni del territorio que puede concedérseles, ya sea en África o en países de otro continente ¿Cómo va a ser posible, en ese caso, asegurar para ellos la misma protección de la que gozan los miembros de pleno derecho de nuestra comunidad? Aquí quiebra la analogía con la emancipación de los esclavos. Pero en cierta medida podemos inspirarnos en otros dos modelos, según la situación en la que vayan a estar los simios liberados.  Si viven en condiciones naturales en su propio territorio, ya sea en sus países de origen o en los países a los que se los haya transportado, no tendrán necesidad de nuestra ayuda. Lo único que necesitarán es que los dejen en paz. Tenemos instituciones mundiales que -por infectas que sean- existen para proteger a los países más débiles de los más fuertes. Tenemos también una considerable experiencia histórica de actuación de las Naciones Unidas como protectora de regiones humanas no autónomas, a las que se conoce como Territorios en fideicomiso de las Naciones Unidas. La defensa de los primeros territorios independientes ocupados por seres no humanos y un papel en la regulación de territorios mixtos de humanos y no humanos podría encomendarse a un organismo internacional de esta clase.

Por otra parte, cuando haya individuos que se han habituado de tal manera a la vida dentro de nuestras sociedades que no iría en su interés hacerlos volver a hábitats silvestres, su estatuto y la protección que debe ofrecérseles podrían ser exactamente iguales que los que otorgamos a los seres de nuestra propia especie que carecen de autonomía. Al igual que en el caso de los niños y de los adultos con discapacidad mental, la protección básica que garantizan las leyes de un país podrían complementarse con el nombramiento de tutores especiales. En rigor, no son sólo los animales y los seres humanos no autónomos los únicos que no pueden erigirse en defensores de sus propios derechos. Muchas veces ha habido adultos humanos que han necesitado protección. Ésta es la razón de ser de muchas organizaciones internacionales, tal como la venerable Sociedad Antiesclavista para la Protección de los Derechos Humanos o la Federación Internacional de Derechos del Hombre, creada a raíz del caso Dreyfus, o Amnistía Internacional, de más reciente fundación, organización que pone claramente de manifiesto la índole "tutorial" de su trabajo al hablar de la "adopción" de un preso político cuando un grupo local asume la causa de ese preso. Estas organizaciones no gubernamentales supervisan, dentro de los límites de su influencia moral y del poder político o sancionador que sean capaces de general, la realización de las diversas declaraciones de derechos humanos en los países signatarios. Su labor es una prueba más de la necesidad de crear la institución mundial que hemos contemplado. Al combinar algunas de las funciones de los modelos existentes, un organismo de esta naturaleza podría hallarse en situación de llevar adelante la compleja tarea de seguir y controlar la puesta en práctica de la Declaración de los Derechos de los Grandes Simios, se hallen donde se hallen.

La creación de un organismo internacional así, con el fin de hacer extensiva la comunidad moral a todos los grandes simios, no será fácil empeño. Si pudiera conseguirse, tendría un valor práctico inmediato para los chimpancés, los gorilas y los orangutanes de todo el mundo. Pero quizá sea todavía más importante su valor simbólico como representación concreta de la primera brecha que se abrirá en la barrera que separa a las especies.

Fuente: SINGER, PETER y CAVALIERI, PAOLA (editores): El Proyecto “Gran Simio”. La igualdad más allá de la humanidad. Editorial Trotta, Madrid, 1998. Traducción de Carlos Martín y Carmen González.


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