EL PROYECTO GRAN SIMIO, Y MÁS ALLÁ
¿Porqué el Proyecto?
Aristóteles llama a los esclavos humanos 'propiedad
animada'. Es una expresión que describe con exactitud
la condición en la que actualmente mantenemos a los
animales no humanos. La esclavitud humana presenta en consecuencia
un paralelismo esclarecedor con esa situación. Vamos
a examinar este paralelismo con el fin de aislar una respuesta
del pasado a la esclavitud humana que pueda sugerir un adecuado
modo de responder a la esclavitud animal de nuestros días.
No hace mucho, establecer un paralelismo semejante se habría
considerado ultrajante. Sin embargo, últimamente ha
ido creciendo el reconocimiento de que una ética válida
debe estar libre de prejuicios o de arbitraria discriminación
a favor de nuestra propia especie. Este reconocimiento hace
posible una apreciación más imparcial de las
prácticas explotadoras que caracterizan nuestra civilización.
La esclavitud en el mundo antiguo ha sido objeto de vivos
debates entre los historiadores. ¿Cómo surgió este
debate? ¿Por qué se dio por concluido? ¿Hubo
un 'modo de producción esclavista' característico?
No necesitamos entrar en todas estas disputas. Vamos a centrarnos,
en su lugar, en el elemento diferencial de la esclavitud:
el hecho de que el ser humano se convierta en propiedad en
el estricto sentido del término. En la lengua inglesa
se utiliza a veces el concepto de chattel slavery (que
se refiere a la condición de 'bienes muebles' atribuida
a los esclavos), término que resalta el paralelismo
entre la institución de la esclavitud humana y la
propiedad de animales, puesto que el término cattle (ganado) deriva
de chattel.
Son sociedades esclavistas aquellas en las que la condición
de propiedad (de bienes muebles) de los esclavos constituye
una importante característica. Son relativamente raras
en la historia humana. Los ejemplos más conocidos
se dieron en el mundo antiguo y en la América del
Norte y Central tras la colonización europea.
Vamos a centrarnos en la esclavitud en la Grecia clásica
y en Italia, porque en un cierto sentido la perspectiva de
aquel período es más cercana a la nuestra.
En los tiempos antiguos, la idea de que unos seres
humanos debían estar sometidos de manera absoluta
a otros se consideraba algo tan natural que virtualmente nadie
la cuestionaba. A este respecto, la esclavitud de la época
clásica difiere de la institución esclavista
que, en época más reciente, se dio en América
y que fue criticada desde el principio. Es cierto que Aristóteles
hace referencia a algunos que se oponen a la esclavitud,
pero fue tan débil la huella que dejaron que resulta
difícil incluso saber quiénes fueron, y los
raros acentos críticos que hallamos en el dilatado
período de muchos siglos, ya se trate de los sofistas,
de los estoicos o de los cínicos, son ambiguos o incoherentes.
Se limitan a afirmar, en abstracto, que nadie ha nacido esclavo,
o a interpretar la esclavitud como "estado del alma".
En la práctica, la esclavitud gozaba de una aceptación
tan amplia y lo impregnaba todo de tal manera que ha llegado
a decirse que "no hubo acción, creencia, ni institución
en la antigüedad greco-romana que, de un modo y otro,
no se viera afectada por la posibilidad de que alguien de
los que intervenían fuese un esclavo". Existe
aquí un evidente paralelismo con el modo en que la
mayoría de la gente sigue considerando natural la
sujeción absoluta de los animales a los seres humanos.
¿Qué significaba para los seres humanos, en
la Atenas o la Roma clásicas, ser un bien propiedad
de otro? No cabe duda de que, en gran medida, esto dependía
de las circunstancias en las que vivía el esclavo,
pero es posible hacer algunas generalizaciones. Los esclavos
no ocupaban ningún lugar definido en la escala social
ni en la economía. Los bienes muebles llamados esclavos
podían ser campesinos, mineros, tutores, pastores,
amas de cría o artesanos. Podían vivir dos
o tres de ellos con un pequeño agricultor o formar
parte de grandes brigadas propiedad del Estado, o de un gran
terrateniente. Podían también compartir la
vida urbana de una familia aristocrática a cuyo servicio
estuvieran. Debido a estas diferencias, existen también
grandes diferencias de opinión entre los historiadores
acerca de la medida en que el papel del esclavo era un papel
miserable. Los hay que han insistido en la espantosa situación
de los esclavos que trabajaban en las minas de plata griegas
de Laurión, de donde escaparon no menos de veinte
mil durante las guerras del Peloponeso. También era
muy duro el trato que recibían las cuadrillas que
trabajaban encadenadas en los cultivos de las inmensas fincas
de Sicilia, donde, a lo largo del siglo II a. C., la rebelión
era endémica. Otros estudiosos, más inclinados
a defender la reputación de la civilización
clásica, señalan en cambio los lazos de afecto
que podían unir a los esclavos de una familia con
su amo. Pruebas de este afecto se encuentran en una serie
de inscripciones funerarias y en muchas historias que narran
la lealtad y el afecto de los esclavos.
Estas disputas, y el amplio margen de posibilidades que
ponen de manifiesto, hacen difícil comprender cuál
era realmente la situación del esclavo. Pero si miramos
lo que hay detrás de la variedad de formas externas,
encontramos un elemento estable: la situación de impotencia.
El trato que recibe el esclavo depende exclusivamente del
amo. En su calidad de bienes muebles, los esclavos han perdido
el control sobre sí mismos. Y en la raíz del
poder que el amo ejerce sobre el esclavo se encuentra el
hecho de que éste no es reconocido por la comunidad.
El estatuto del esclavo se caracteriza por lo que el esclavo
no es: los esclavos no son libres; no pueden decidir cómo
usar su propia fuerza de trabajo; no pueden tener propiedades;
por lo general no pueden testificar ante los tribunales y
cuando lo hacen suele ser bajo sometimiento a tortura; ni
siquiera su familia es suya, y aunque en la práctica
puedan reconocerse los lazos familiares, los esclavos no
tienen derechos en cuanto padres, y sus hijos pertenecen
al amo. , Se los compra y se los vende como si fueran objetos,
están sujetos a los castigos corporales y a ala explotación
sexual, y quedan al margen del reino moral que protege a
la comunidad clásica.
Todo esto viene a confirmar el paralelismo que proponíamos
al principio. Como en el caso de los esclavos de los tiempos
antiguos, también el trato que hoy en día se
da a los animales varía: desde el cuidado afectuoso
del "propietario de un animal de compañía" hasta
la nuda explotación del propietario de una granja
industrializada, al que sólo le preocupa sacar el
máximo beneficio. Pero, nuevamente la amenaza que
se cierne sobre ellos consiste en haber sufrido una pérdida
total del control sobre su propia vida. Las diferencias de
intereses y facultades de los esclavos humanos y animales,
no afectan a la fundamental identidad de su condición
social, al igual que los esclavos, considerados bienes muebles,
los animales están fuera del reino moral que protege
a la comunidad moderna.
La acción política a favor de los animales
se centra hoy en la abolición de prácticas
tales como las corridas de toros o las gallinas enjauladas
en batería, o también en cambiar las formas
del trato, como por ejemplo sustituir el marcado a fuego
de las reses por una manera menos dolorosa de identificación,
o utilizar anestesia local cuando se ejecutan operaciones
mutiladoras, tal como la castración o el descolado
de cerdos, bovinos u ovinos. Una mirada a la historia de
la esclavitud muestra que esta forma de enfoque no tenía
sino un impacto marginal. Las luchas de gladiadores fueron
abolidas, pero esto no influyó en la situación
general de los esclavos. Tampoco, en lo fundamental, cambiaron
esta situación las normas, sin duda deseables, con
que se reglamentaron las formas de maltrato más escandalosas,
como las señales grabadas a fuego en el rostro o la
castración.
Sin embargo, los esclavos tenían un recurso que los
animales no poseen: podían rebelarse. Puede antojarse
una importante diferencia, pero la eficacia de la rebelión
era escasa. Aun cuando el debate en torno a las razones que
pusieron fin a la esclavitud clásica es vivo y no
se ha llegado aún a una solución, ningún
estudioso considera que las rebeliones de esclavos contribuyeran
de manera significativa a terminar con la esclavitud. Las
explicaciones ofrecidas varían: puede darse preeminencia
a las causas económicas, políticas, religiosas
o sociológicas, pero por lo que hace a las rebeliones
de esclavos, los miles de cruces que bordearon la calzada
de Capua a Roma tras la derrota de Espartaco son todavía
un símbolo del final que tuvieron este tipo de acontecimientos. Por
otra parte, los escasos ejemplos de rebeliones que tuvieron éxito
durante breve tiempo no hicieron sino confirmar la exclusión
de la comunidad que sufrían los esclavos, pues dejaban
tras de sí bandas de forajidos que sobrevivían
en las márgenes de las zonas habitadas, más
o menos como hacen en el mundo moderno los animales salvajes.
No existía en la antigüedad más que un
modo de salir de la tierra de nadie del esclavo: la manumisión.
Este término, que literalmente significa lazar o soltar
de la mano de uno, expresa de vívida manera el sentido
de abandonar el control sobre una cosa. Era, una vez más,
acto unilateral del amo. Dejando su dominio mediante un acto
que podía tener carácter religioso o civil,
formal o informal, es amo sancionaba, para el esclavo o la
esclava, el final de su condición de propiedad, y
el comienzo de una forma de reconocimiento dentro de la comunidad
moral. En la Roma republicana, el cambio fue todavía
más radical: junto con la libertad, el esclavo recibía
la ciudadanía, pasando de golpe desde la condición
de marginado absoluto a la de miembro pleno del grupo dominante.
Una objeción que se ha elevado con frecuencia frente
a la idea de la liberación animal es que los animales
no pueden luchar para defender sus propios intereses. Sólo
pueden ser liberados por otros. Sin embargo, también
a este respecto se mantiene en la práctica el paralelismo
con la esclavitud antigua, ya que las rebeliones de los esclavos
tuvieron tan escasa incidencia en las instituciones en u
conjunto. Además, del mismo modo que la manumisión
era la única salida para los esclavos, también
parece ser el tipo de respuesta que los animales necesitan.
No sólo aborda directamente la cuestión de
su estatuto: constituye asimismo un instrumento bien conocido
y de larga tradición para otorgar la libertad a quienes
no pueden conquistarla por sí mismos. Aplicada a
los animales, tiene la manumisión por añadidura
otra ventaja más: aunque no pueda aplicarse a todos
los animales a la vez (por razones prácticas, y también
por tratarse de una medida reformista por naturaleza), puede
crear un precedente. En cuanto instrumento de intervención
sistemática, cada vez que se use, su aplicación
nos invitará a considerar su posible uso en otra situación.
Quedan algunos problemas. Aun cuando se aplicara a grandes
grupos de esclavos, la liberación de cada esclavo
era, desde el punto de vista legal, un hecho individual.
En cambio, lo que parece necesitarse para los animales es
un otorgamiento distinto, más simbólico, de
la libertad y de status moral. ¿Ocurrió esto
alguna vez en la antigüedad greco-romana? Existe por
lo menos un ejemplo de ello, aunque no se refiere a la esclavitud
en cuanto institución que considera a los esclavos
bienes muebles, sino a una institución diferente a
la que a veces se denomina "servidumbre colectiva".
El mejor ejemplo es el de los ilotas espartanos. Tanto los
orígenes como los detalles de la condición
de ilotas son algo obscuros y no han dejado aún de
ser objeto de discusión, pero parecen éstos
haber constituido la clase de productores cuya explotación
servía de base a la sociedad espartana, altamente
jerarquizada. Se utilizaba a los ilotas principalmente en
la agricultura, por lo que vivían normalmente aparte
del grupo dominante y se les permitía mantener una
cierta vida familiar y comunitaria. No obstante, su situación no
era mucho mejor que la de los esclavos considerados como
bienes muebles. (Baste observar que su sometimiento se reafirmaba
todos los años mediante actos rituales que sólo
diferían de la actual caza deportiva sobre todo por
el hecho de que las piezas perseguidas eran humanas).
Dado que los ilotas vivían juntos, resultaban más
peligrosos para sus amos, y muchas rebeliones ilotas conmovieron
los cimientos de la sociedad espartana. Sin embargo, en 369
a.C., en el curso de una guerra entre Esparta y Tebas, aconteció algo
excepcional: tras derrotar a los espartanos en Leuctra, Epaminondas,
que encabezaba las fuerzas tebanas, manumitió en bloque
a los ilotas de Mesenia. Este acto permitió el renacimiento
de todo un pueblo, con el rápido retorno de la diáspora,
dispersa por todo el Mediterráneo griego, y tuvo también
el efecto de transformar la antigua estructura social en
la que se había basado Esparta. En manos de los tebanos
victoriosos, la manumisión colectiva se había
convertido en un instrumento político de transcendentales
consecuencias.
El impacto que podría tener la primera manumisión
de seres no humanos tendría unas consecuencias mucho
mayores. Pero otro tanto cabe decir de las dificultades con
las que tropieza. Para poder apreciarlo, baste recordar que,
en los 2.300 años transcurridos desde el gesto de
Epaminondas, han persistido las formas de esclavitud humana
por todo el mundo. Alcanzaron su punto álgido en las
sociedades esclavistas del Nuevo Mundo, y sólo en
fecha tan reciente como el año 1962 se puso fin oficialmente
a la esclavitud en la península Arábiga. Si
ha llevado todo ese tiempo convertir en realidad la idea
de que ningún miembro de nuestra especie puede ser
objeto de propiedad, otorgar libertad e igualdad a miembros
de una especie distinta de la nuestra se antojará ardua
e improbable empresa.
De acuerdo en que este empeño de extender la comunidad
moral más allá de los límites de la
especie tiene de su lado el poder del desafío racional
que, a partir de la Ilustración, si no antes, ha proporcionado
las bases teóricas para tantas luchas por la justicia
y ha minado todos los intentos de justificación que
se han erigido en defensa de la exclusión de algunos
seres humanos de la comunidad moral. En rigor, la necesidad
de empujar la postura igualitaria más allá de
las fronteras de la humana especie parece formar parte estructural
del sueño de una racionalidad universal que animó al
Siglo de las Luces. Pero no basta con esto para asegurar
su éxito. La historia de otros movimientos sociales
muestra que necesitamos una estrategia consciente para alcanzar
lo que Darwin denominaba "la gradual iluminación
de la mente de los hombres". Para quienes aspira al
cambio, es de vital importancia que comprendan el marco en
el que hay que actuar, y que aprovechen las contradicciones
existentes en las posturas de los oponentes.
¿POR QUÉ LOS GRANDES SIMIOS?
Una sólida barrera sirve para mantener a los no humanos
fuera del reino moral que protege a nuestra comunidad. En
virtud de esta barrera, según la influyente opinión
de santo Tomás de Aquino, "no está mal
que el hombre los utilice, dándoles muerte o de cualquier
otro modo". ¿Presenta esta barrera algún
punto débil sobre el que podamos concentrar nuestros
esfuerzos? ¿Existe alguna zona sombreada en la que
empiezan a desvanecerse las certezas del chovinismo humano
y donde una incómoda ambivalencia hace políticamente
viable el recurso a una manumisión animal colectiva?
Tal como muestran los filósofos, zoólogos,
etólogos, antropólogos, juristas psicólogos,
pedagogos y otros especialistas que han optado por apoyar
este proyecto, existe esa zona sombreada. Es la esfera que
incluye a las ramas más cercanas de nuestro árbol
evolutivo. En el caso de los grandes simios: el chimpancé,
el gorila y el orangután, algunos conceptos que se
han utilizado para restringir la igualdad y otros privilegios
morales a los seres humanos, en vez de hacerlos extensivos
a todas las criaturas sensibles, pueden tener un segundo
filo. Cuando se pide para nuestros compañeros los
simios la emancipación radical, los mismos argumentos
que suelen ofrecerse para defender el estatuto moral especial
de los seres humanos frente a los animales no humanos -argumentos
que se basan en los vínculos biológicos o,
lo que todavía es más significativo, en la
posesión de algunas características o facultades
específicas- pueden volverse contra el statu quo.
También desde otra perspectiva, chimpancés,
gorilas y orangutanes ocupa una especial posición.
La aparición de simios capaces de comunicarse en un
lenguaje humano representa un viaje crucial en las relaciones
humano-animales. Es cierto que ni Washoe, ni Loulis, Koko,
Michael o Chantek, ni todos sus demás congéneres,
pueden demandar directamente su emancipación general,
aunque pueden pedir que se les saque de las jaulas en las
que están encerrados -como de hecho hizo una vez Washoe-,
pero son capaces de transmitirnos, con mayor detalle de lo
que ningún animal no humano lo había hecho
hasta ahora, una visión no humana del mundo. Este
punto de vista ya no puede ignorarse. Sus portadores se han
convertido sin quererlo en una vanguardia no sólo
para su propia especie, sino para todos los animales no humanos.
Puede decirse, no obstante, que, al centrar nuestra atención
en seres de tan ricas dotes como los grandes simios, estamos
estableciendo una norma demasiado alta para admisión
en la comunidad de los iguales, y al hacerlo así podríamos
estar impidiendo, o al menos dificultando, todo ulterior
progreso respecto a los animales con unas facultades menos
parecidas a las nuestras. Ahora bien, no hay norma que pueda
establecerse para siempre. "La noción de igualdad
es un instrumento que permite rectificar injusticias... Tal
como resulta muchas veces necesario para las reformas, funciona
a una escala limitada". Los reformadores sólo
pueden partir de una situación dada y trabajar desde
ella. Una vez que han conseguido algunos avances, su siguiente
punto de partida estará un poco más adelante,
y cuando consiguen tener fuerza suficiente, pueden ejercer
presión desde ese punto. ¿Cómo podemos defender la inclusión
o la exclusión de especies enteras, cuando todo el
enfoque de la ética que pide la liberación
de los animales ha consistido en negar la validez de las
fronteras entre las especies, y en resaltar la coincidencia
de características entre miembros de nuestra propia
especie y miembros de otras? ¿No hemos dicho siempre
que los límites interespecíficos son una distinción
que carece de sentido moral y que se basa en meros datos
biológicos? ¿No corremos peligro de volver
a caer en una nueva forma de especismo?
Es un problema que tiene que ver con fronteras, y las fronteras
están vinculadas a la figura colectiva de la manumisión
propuesta. ¿Qué cabe decir, así pues,
a favor de una manumisión colectiva, aparte del reconocimiento
de su evidente valor simbólico? Entendemos que, una
vez más, la historia puede servirnos de orientación.
Ya ha quedado claro que, en la antigüedad clásica,
aun cuando la emancipación colectiva de los ilotas
de Mesenia tuvo como consecuencia espectaculares cambios
sociales, la manumisión aleatoria de esclavos humanos
a título individual jamás condujo a progreso
social notable alguno. Incluso en tiempos más recientes,
cuando un designio político consciente no sólo
era viable, sino que se trató de llevarlo realmente
a la práctica -por ejemplo, en las primeras etapas
de la lucha antiesclavista en los Estados Unidos del siglo
XIX-, la liberación de un esclavo, o incluso la de
todos los esclavos de una plantación perteneciente
a un amo ilustrado, en muy poco favorecía al
bando antiesclavista en su conjunto. Puesto que la admisión
global de los animales no humanos en la comunidad de los
iguales parece imposible por el momento, una de las maneras
de evitar un fracaso paralelo es centrarse en la especie
como colectividad, y optar por unos límites rígidos (por
lo demás cuestionables).
No podemos por último ignorar las dudas sobre la
viabilidad práctica del proyecto, ni las concretas
implicaciones de admitir a los chimpancés, los gorilas
y los orangutanes en la comunidad de los iguales. Es probable
que surjan nuevos problemas, pero no serán insuperables,
y conforme vayamos superándolos uno a uno, conseguiremos
que se ponga de manifiesto la naturaleza espuria de los obstáculos
que se alegan para superar las barreras entre las especies.
Es un hecho que han surgido también dificultades en
situaciones similares que afectaban a seres humanos, pero ésta
no es razón para abandonar el plan de la emancipación
general. No es preciso recordar a los lectores que la liberación
de los esclavos norteamericanos tras la guerra civil no bastó para
que se alcanzara la igualdad de derechos civiles para ellos.
En vez de ello, surgió un nuevo conjunto de obstáculos
contra la igualdad, algunos de los cuales sólo pudieron
superarse gracias al movimiento en pro de los derechos civiles
que se desarrolló en la década de 1960, mientras
que otros siguen siendo un problema todavía hoy.
En particular, respecto a la idea de devolver a los orangutanes,
gorilas y chimpancés a sus tierras de origen, podemos
señalar incluso un concreto antecedente histórico:
la creación en África del Estado de Liberia,
que el movimiento de colonización norteamericano soñó que
podía convertirse en nueva patria para los seres humanos
a los que otros miembros de su propia especie había
esclavizado y transportado a través del océano.
El hecho de que siga existiendo una nación independiente
llamada Liberia muestra que el proyecto era viable, y que
si ha habido cosas que han marchado mal, han estado relacionadas -lo
que resulta sobradamente significativo- con problemas típicamente
humanos: la discriminación contra los habitantes nativos
de la zona que los inmigrantes no tardaron en practicar.
No cabe duda de que, con respecto a los seres no humanos,
pueden señalarse otros problemas más. No podrán éstos
participar en la estructura política de la comunidad.
A diferencia de los descendientes de los esclavos americanos,
no podrán levantarse en defensa de sus propios derechos,
ni del territorio que puede concedérseles, ya sea
en África o en países de otro continente ¿Cómo
va a ser posible, en ese caso, asegurar para ellos la misma
protección de la que gozan los miembros de pleno derecho
de nuestra comunidad? Aquí quiebra la analogía
con la emancipación de los esclavos. Pero en cierta
medida podemos inspirarnos en otros dos modelos, según
la situación en la que vayan a estar los simios liberados. Si
viven en condiciones naturales en su propio territorio, ya
sea en sus países de origen o en los países
a los que se los haya transportado, no tendrán necesidad
de nuestra ayuda. Lo único que necesitarán
es que los dejen en paz. Tenemos instituciones mundiales
que -por infectas que sean- existen para proteger a los países
más débiles de los más fuertes. Tenemos
también una considerable experiencia histórica
de actuación de las Naciones Unidas como protectora
de regiones humanas no autónomas, a las que se conoce
como Territorios en fideicomiso de las Naciones Unidas. La
defensa de los primeros territorios independientes ocupados
por seres no humanos y un papel en la regulación de
territorios mixtos de humanos y no humanos podría
encomendarse a un organismo internacional de esta clase.
Por otra parte, cuando haya individuos que se han habituado
de tal manera a la vida dentro de nuestras sociedades que
no iría en su interés hacerlos volver a hábitats
silvestres, su estatuto y la protección que debe ofrecérseles
podrían ser exactamente iguales que los que otorgamos
a los seres de nuestra propia especie que carecen de autonomía.
Al igual que en el caso de los niños y de los adultos
con discapacidad mental, la protección básica
que garantizan las leyes de un país podrían
complementarse con el nombramiento de tutores especiales.
En rigor, no son sólo los animales y los seres humanos
no autónomos los únicos que no pueden erigirse
en defensores de sus propios derechos. Muchas veces ha habido
adultos humanos que han necesitado protección. Ésta
es la razón de ser de muchas organizaciones internacionales,
tal como la venerable Sociedad Antiesclavista para la Protección
de los Derechos Humanos o la Federación Internacional
de Derechos del Hombre, creada a raíz del caso Dreyfus,
o Amnistía Internacional, de más reciente fundación,
organización que pone claramente de manifiesto la índole "tutorial" de
su trabajo al hablar de la "adopción" de
un preso político cuando un grupo local asume la causa
de ese preso. Estas organizaciones no gubernamentales supervisan,
dentro de los límites de su influencia moral y del
poder político o sancionador que sean capaces de general,
la realización de las diversas declaraciones de derechos
humanos en los países signatarios. Su labor es una
prueba más de la necesidad de crear la institución
mundial que hemos contemplado. Al combinar algunas de las
funciones de los modelos existentes, un organismo de esta
naturaleza podría hallarse en situación de
llevar adelante la compleja tarea de seguir y controlar la
puesta en práctica de la Declaración de los
Derechos de los Grandes Simios, se hallen donde se hallen.
La creación de un organismo internacional así,
con el fin de hacer extensiva la comunidad moral a todos
los grandes simios, no será fácil empeño.
Si pudiera conseguirse, tendría un valor práctico
inmediato para los chimpancés, los gorilas y los orangutanes
de todo el mundo. Pero quizá sea todavía más
importante su valor simbólico como representación
concreta de la primera brecha que se abrirá en la
barrera que separa a las especies.
Fuente: SINGER, PETER y CAVALIERI,
PAOLA (editores): El
Proyecto “Gran Simio”. La igualdad más
allá de la humanidad. Editorial Trotta, Madrid,
1998. Traducción de Carlos Martín y Carmen
González.

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