La
igualdad más allá de la humanidad.
En estos días ha surgido una gran polémica
a raíz de una proposición no de ley del diputado
socialista Francisco Garrido acerca de que España
se adhiera a la iniciativa del denominado “Proyecto
Gran Simio”.
Dicho proyecto recoge las conclusiones de una serie de ilustres biólogos,
filósofos, sociólogos, antropólogos, psicólogos y
juristas, sobre la gran cercanía genética que une a los seres humanos
con los grandes simios: chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes, y
trata de otorgar a estos animales unos derechos fundamentales que serían:
derecho a la vida, a la libertad, y a no ser torturados.
El reconocimiento de estos derechos se traduciría
en velar por la supervivencia de los grandes monos y de su
hábitat natural, la prohibición de condenarlos
a la cadena perpetua que supone su encierro en zoológicos,
o su explotación en circos u otros espectáculos,
así como el cese de su utilización en laboratorios
de experimentación.
Algo tan obvio para los defensores de los animales, que
de buena gana ampliaríamos al resto de especies, ha
causado gran revuelo entre diferentes grupos que se han manifestado
en contra con una serie de argumentos basados siempre en
esa supuesta superioridad del ser humano frente al resto
de animales.
Era de esperar la reacción condenatoria de alguna
autoridad eclesiástica para los cuales pretender otorgar
derechos a los animales no humanos es algo así como
un sacrilegio.
Inesperadas fueron las declaraciones de la presidenta de
Amnistía Internacional, con su absurda indignación
de que algunos nos ocupemos de los animales “mientras
haya tantas injusticias y mueran tantos niños de hambre
en el mundo…”, como si una cosa fuera excluyente
de la otra.
Chocantes las del colectivo de transexuales que exigían
entonces sus propios derechos antes que el de los monos… Más
de lo mismo.
Patéticas las de todos aquellos que se han burlado
de la propuesta, haciendo uso del cachondeo ante una causa
que, supongo, ni siquiera se han parado a intentar comprender.
En realidad no nos sorprende. A lo largo de la historia
de la Humanidad se ha producido el mismo debate con la diferencia
de los grupos a los que se intentara beneficiar. Ejemplos:
La lucha por la libertad y los derechos de los negros causó grandes
divisiones de opiniones y conocidas consecuencias en América
el Norte; Los judíos carecían de derechos durante
la Alemania nazi, y por tanto podían ser torturados,
asesinados, o utilizados en laboratorios; Los primeros intentos
de las mujeres por conseguir la igualdad fueron ridiculizados
por los hombres. Sobre esto existe una curiosa anécdota.
En la Inglaterra de 1792, Mary Wollstonecratf publicó un
panfleto titulado “Reivindicación de los Derechos
de las Mujeres”, basándose en que éstas
deberían tener los mismos derechos que los hombres.
Para muchos esto fue el colmo, y si ya les chocaba que todos
los hombres tuvieran los mismos derechos, extenderlo a las
mujeres les parecía especialmente absurdo. Así,
ese mismo año, Thomas Taylor, decano de la Universidad
de Cambridge, publicaba en broma anónimamente un librito
que tituló con sarcasmo “Reivindicación
de los Derechos de los Animales”. Pretendiendo ridiculizar
a las mujeres, explicaba que si bien éstas podían
sufrir, también los otros animales sufrían,
y si las razones para extender los derechos humanos a las
mujeres fueran aceptables, entonces también lo serían
para extenderlos a todos los animales, lo cual parecía
el colmo del sinsentido. Por tanto, concluía, que
no había razón alguna para conceder derechos
a las mujeres. Sin embargo, otros llegaron a la conclusión
de que lo que el argumento mostraba es que había que
extender algunos derechos básicos a todos los animales
capaces de sufrir, convirtiéndose su obra en el primer
libro que reivindicaba explícitamente los derechos
de los animales.
Como vemos, el ser humano - o un grupo determinado de ellos-
siempre se autoproclama superior al resto, y no admite argumentos
que juzguen la explotación ejercida a otros seres. ¿Por
qué nos
creemos superiores al resto de los animales? Algunos argumentarán
la "inteligencia",
pero se da la circunstancia que un chimpacé -por ejemplo-
es más inteligente que un niño de 7 u 8 años,
o que una persona discapacitada psíquicamente. Otros
hablarán incluso del "alma", y dirán
que los animales no la tienen... Al parecer tampoco las mujeres
la teníamos hasta que a la Iglesia le dió la
gana de otorgarnos tal privilegio...
Y otros, sin más, sacarán a relucir eso tan
manido como absurdo de que "las personas son personas..." sin
más explicación.
Numerosos estudios demuestran que los grandes simios son
capaces de tener conciencia de su yo como individuo, de establecer
relaciones de amistad de por vida tanto con miembros de su
propia especie como con otros animales, de sufrir la pérdida
de un ser querido, de aprender y transmitir a su prole el
lenguaje de los sordomudos, de tener una ética del
bien y del mal… En definitiva, de comportarse quizá de
un modo más humano que los propios humanos.
Nos guste o no, somos animales. Y somos simios. Compartimos
con ellos un 99% de nuestra carga genética. Pero nos
creemos dioses, aunque nadie hasta ahora haya demostrado
que tengamos ni un solo gen similar al de Dios.
Montse del Olmo
Auxiliar de Veterinaria
Centre Veterinari Margarit (Barcelona)
Más información en la web: www.proyectogransimio.org

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